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¡Difundan, coño!

8 junio, 2010

Ya he contado aquí cómo de vez en cuando saco mi carné de la APM para recordarme que soy, en efecto, periodista, y no una (mala) actriz de Crónica. Pero a veces miro a la sacrosanta Asociación de la Prensa de Madrid y a la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) y creo que vivo en otro planeta.

El primer número que me llegó de la revista Periodistas, que edita la FAPE, llevaba en portada este titular: “Creadores con derechos”. Dentro, un montón de páginas quejosas, dedicada alguna a reprochar a los profesionales de los medios de comunicación que “renunciemos al cobro de derechos económicos” al firmar un contrato. Superado el trago, y esperando recibir el siguiente número de Periodistas, me encuentro ahora en página web de la APM este otro titular: “La FAPE suscribe la Declaración de Madrid, que pide IVA cero para la prensa escrita y la digital. Fernando González Urbaneja asegura que los editores tendrán que reconocer los derechos de autor de los periodistas”.

La Declaración de Madrid, suscrita por varias asociaciones profesionales, considera la defensa de los derechos de autor uno de los pilares del nuevo modelo de empresa periodística. De los veinte puntos que incluye esta declaración, cinco hacen referencia a los derechos de autor. De proteger estos derechos depende “la supervivencia de los medios”, concluyen.

Según explica en su editorial Eduardo San Martín, director de la revista, de una mesa de debate sobre el tema salió la siguiente y unánime conclusión: “los periodistas realizamos una labor de creación tan merecedora de protección como la de músicos, escritores o cineastas” pero “esos derechos nuestros no están garantizados suficientemente”.

Vale. Pues a mí me gustaría decir varias cosas:

Una. Por muy creador que sea un periodista, asusta cómo se han olvidado de la faceta profesional como mediadores. Es decir, un periodista tiene algunos privilegios a la hora de acceder a la información, y los tiene porque va a prestar un servicio que se considera de interés público. El trabajo del periodista consiste en acceder a un montón de información (gratis), analizarla, relacionarla, y sobre todo, transmitirla. Exceptuando las columnas de opinión, me sorprende la preocupación por los derechos de autor (o mejor, dicho, por recaudar gracias a ellos). Se nos olvida a menudo que somos, debemos ser, correas transmisoras. Esto nos diferencia de un músico, escritor o cineasta. Cumplimos una función pública.

Dos. Que algunas empresas vendan a terceros y en beneficio propio el trabajo de sus empleados es una injusticia. Y ya ocurre. (Alguien lo dice en el debate que transcribe Periodistas: “Los derechos de autor de los periodistas son pisoteados por las empresas, por los editores que se apropian de ellos”, dice Carlos Hernández-Sanjuán, asesor jurídico de la FAPE).

Tres. Sólo de imaginarme planteando la cuestión de la Propiedad Intelectual el día que firmé mi contrato me da la risa. Si alguien pisotea los derechos, y no sólo los de Propiedad Intelectual, son las empresas. De las asociaciones, federaciones y sindicatos que me representan espero una advertencia dirigida a ellas. No a mí.

Cuatro. La propia declaración de Madrid dice: “Los medios periodísticos de comunicación profesionales constituimos uno de los pilares centrales de las democracias europeas y de nuestro sistema de de derechos y libertades”. ¿Cómo puede plantear unas líneas después poner coto a la difusión de una información que considera un pilar de la democracia? ¿Por qué limitar la difusión de una información que se considera, no sólo de interés general, sino básica para el sistema democrático?

Cinco: Se llega a plantear en un artículo de la publicación una recaudación colectiva, entendiendo que las obras periodísticas son, muchas veces, colectivas, o crear “una entidad de gestión de los derechos de autor de los periodistas”. ¿Más hombres grises de la SGAE? No, gracias.

Como me acabo de estrenar en esto y me da cierto corte sacar conclusiones, me remito a las de José Cervera, profesor de Periodismo de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). Esto es de un artículo del número de Periodistas del que hablaba (el único no quejoso, ¡gracias!):

A los periodistas nos interesa limitar el endurecimiento excesivo del derecho de autor. Una interpretación fundamentalista de la propiedad intelectual amenaza hoy al periodismo, a la cultura y a la sociedad. La cultura y el periodismo se basan en la publicación. Cualquier límite a la difusión de contenidos es aberrante para el periodista y perjudicial para la cultura.

¡Difundan por favor! ¡Difundan todo! ¡Difundan ya! ¡Difundan, coño!

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9 comentarios leave one →
  1. 9 junio, 2010 13:38

    Me ha gustado mucho el artículo, creo que es muy ilustrativo de la estrategia suicida con la que se enfrentan a la realidad los medios. Es vital que recapaciten y adapten el modelo de negocio a la realidad, porque lo opuesto es una batalla que a la larga perderán.

    • 10 junio, 2010 18:30

      Supongo que tanto a los grandes medios como a los periodistas estrella (que no es lo mismo que los grandes periodistas) les cuesta aceptar que quizá en este nuevo modelo los márgenes de beneficio sean algo más reducidos y buscan ingresos de donde sea, incluso a costa de limitar la difusión de una información que nosotros no creamos, sólo transmitimos. ¡Gracias Mario!

  2. 11 junio, 2010 10:35

    Siempre es difícil aceptar que hay que cambiar para adaptarse a la realidad antes que lo opuesto. Si algo ha cambiado el mundo y la forma en que lo vemos es precisamente la tecnología. Lo que se logra ahora es que el distribuidor ya no sea la gran compañía, sino como dice Eben Moglen, el niño de 12 años.
    Como bien dices el periodista transmite y su valor es estar precisamente ahí y conocer la formad e hacerlo bien. Cerrar esa difusión a medio y largo plazo sólo le puede penalizar. En pocas palabras, está contaminado por el mensaje de aquel que quiere gestionar y controlar la información para que el chaval de 12 años no pueda programarla.

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