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A la mierda los derechos de autor

31 diciembre, 2010
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Me dice Ignacio Ruiz, jefe, colega, amigo, que los periodistas somos vagos. No es un reproche, lo dice con un grado de comprensión. Así que mi post sobre todos los posts que no escribí en 2010 tendrá que esperar, porque estoy haciendo canapés y huele a gambas. Y porque Andrés Mencía me manda esto y he pensado mandar a la mierda los derechos de autor y copiárselo. Al fin y al cabo, así empecé este blog. La historia del texto, pa otro día. Que me voy a comer gambas peladas.

Leganés en busca de narraciones

Trabajadores en busca de narraciones, así tituló recientemente la tesis doctoral un sociólogo, Carlos de Castro, del colectivo Patrañas. Ahora los bolonios les llaman a estos tochos memoria de grado, pero al doctor Carlos de Castro le salió un semejante título, tan lírico y en plan Ricoeur, porque es de Leganés. A un sociólogo de Majadahonda ni se le ocurre, por allí se vive sin emociones que subrayar.

Nacer en Leganés a finales de los setenta, cuando todo se ha consumado, obligaba a buscar respuestas, o sea, a montarse las propias narraciones. La pregunta que se hacían los niños como Carlos de Castro al venir al mundo en estas huertas ahogadas en cemento era siempre la misma: ¿Y qué hago yo ahora, en este aquí de una ciudad dormitorio? Porque, cuando entonces, se hicieron dormitorios sobre las tomateras y los hormigueros, pero a ningún concejal de Franco se le ocurrió prever las consecuencias, por más que eran obvias.

Los dormitorios sustituyeron a las cosechas alrededor del centro del pueblo, y por San Nicasio o Zarzaquemada. Ocurrió lo que tenía que ocurrir, que cada uno de estos refugios se ocupó con dos, religiosamente, y, tras no pocos intentos, esa es la verdad, pues la vuelta al dormitorio en la 484 malograba no pocos óvulos y millones de espermatozoides, en poco tiempo ya eran tres y cuatro o más por refugio. Y los niños fueron haciéndose con las calles y hasta ahora, que están llenas de sociólogos, de ingenieros y los del botellón a punto de graduarse de poetas o traductores o auxiliares de algo, si es que no lo son ya.

¿Qué se ha hecho del Leganés de cuando entonces, el que fuera invadido por la estampida de estos potros y potrancas, hoy doctores y fontaneros, desde la guardería a la FP y a la Universidad y que abrevan por los pafetos de la zona o la Cubierta? ¿Qué narraciones cuenta hoy este Leganés con una cosa entre Lavapiés y el Trastevere? ¿Se habrá dormido en ciudad de provincias o es la capital del MetroSur?

Desde luego, los dormitorios ya no son lo que eran, o por lo menos las urgencias ya no son las mismas en ellos. Ahora los que follan son los potros, pero se han ido a gritarlo a los barrios más nuevos, de adosados. Los que continuamos durmiendo por Centro y San Nicasio, Zarzaquemada o El Carrascal nos conformamos con tener bancos con sombra en las aceras y un sitio para aparcar, lo cual no es compatible en casi ninguna otra civilización del cercanías. Y si alguno no me creéis, os dais una vuelta por ahí, por las muchas civilizaciones que ha engendrado Madrid en la metropolitana.

Madrid ha ido haciendo hijos desde los montes de El Pardo, entre las encinas, hasta el Tajo, por todos los huertos, secanos y desgalgaderos. Lo que pasa es que Leganés fue el primogénito y ya se ha hecho mayor. No sólo le dio la espalda al Generalísimo, su padre, que todas estas civilizaciones extrarradio, incluida la almendra central, fueron tristes hijas suyas, sino que también se está olvidando de Madrid. Aunque esto es más difícil, porque las madres nunca se alejan mucho, sobre todo del primogénito.

Las tensiones de la primogenitura son la mayor incertidumbre de vivir en Leganés, que la madre nos invade por todas partes, hasta por retambufa, por la M-50. La defensa de Leganés comenzó a organizarse entre la manada de potros, con su movida metálica de punkis y raperos, y sus narraciones fueron cogiendo cada vez más prosopopeya, o sea, maneras. Porque en Leganés y de la mano de estos jóvenes ha triunfado el infrarrealismo por sobre el realismo sucio y Darío Fo por sobre Els Joglars y  Mago de Oz o EvaLaHierbabuena por sobre todas las sakiras y Giorgio Agamben o Peter Sloterdijk por sobre Habermas o Fernando Sabater. Y no digo nada de Debord o Zerzan por no caer en el localismo. En los tocante a la poesía, por ejemplo, uno de los potros, Nicolás Valencia, ha publicado un libro póstumo, Sala para Fumadores, que se puede leer en un e-book sobre su tumba del cementerio viejo. Incluso el otro día, durante el último montaje de la casa de Bernarda Alba, que también rulan por aquí las compañías, en el Rigoberta, en el momento más dramático de la obra y ante el cadáver de la hija que acaba de ahorcarse porque mataron a Pepe el Romano, cuando la vieja grita que su pequeña ha muerto virgen, en este cénit el teatro estalló en carcajadas como si el patio de butacas fuese Nueva York o Buenos Aires, donde suele ocurrir. ¿Qué pasó? Pues qué va a ser, que por aquí las chicas ya no buscan novio y que les importa una mierda todo ese mal rollo de la virginidad. En Leganés las chicas están ahora por la visibilidad de la regla, que es una guerra más suya. Y lo que buscan es trabajo, o mejor, empoderamiento.

Y como en Nueva York, aquí continúa el psiquiátrico frecuentado por ilustres, pero cada vez hay más potros que aprenden Técnicas de Liberación Emocional, la EFT, para sobrevivir, aunque también tiran del Tai chi y del Reiki. Y tenemos pobres, yo incluido, que a veces vamos a comer a lo de Paquita Gallego. Más en general, el personal en Leganés come más azuki que judiones de esos que sirven en las casa regionales de Madrid, y más está por el trigo sarraceno que por las bayas goji de los pijos. Incluso hay leganenses, o sea, pepineros, que se lo están montando de espigadores. Como han desaparecido en el término los huertos a que hace referencia su nombre (quién nos lo iba a decir, que Leganés fuera a ser, como el Leganitos que nos copia el foro, el nombre de un simple huerto en árabe o, si lo preferís, mudéjar, que así me lo explica un vecino marroquí) y como los huertos urbanos necesitarían de solares que casi no quedan, los vecinos que practican la economía sostenible y del decrecimiento se van a espigar melones o tomates a las fincas de más abajo, por las vegas de Toledo. Porque el decrecimiento es el futuro y respecto al decrecimiento sí que están por decir las narraciones. Por ejemplo, ya hay vecinos que sólo votan candidatos que hablan del decrecimiento como alternativa al caos de crisis en que vive nuestra sociedad del despilfarro, aunque no existen todavía. En fin, las liebres y las perdices sí cohabitan el parque Polvoranca a este lado de las ruinas de san Pedro, de momento.

 Andrés Mencía,

del colectivo Patrañas y vecino de Leganés,

XIV premio Juan March C. de novela, en 2006, por Fuera de campo,

y XX Premio nacional de poesía José Hierro, en 2009, por Y vuelves una y otra vez a detenerte

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