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La pregunta equivocada

6 marzo, 2011

Me he resistido un tiempo a las redes sociales. No lo he hecho por pereza ni por disidencia ni por desacuerdo. Me he preguntado muchas veces lo mismo que me pregunté antes de abrir un blog: ¿Por qué yo? ¿Para contar qué? No me gusta el Periodismo de tertulia, esos voceros que salen en los medios por trabajar en un medio de comunicación y que rellenan horas y horas y tantos programas de la TDT como los videntes-timo. La misma mierda. Y pensé que esto era lo mismo, hablar por hablar.

Pero creo que me hacía la pregunta equivocada. La pregunta no es “¿por qué yo?”, sino “¿por qué Twitter?”, “¿por qué Facebook?”.

De esto me he dado cuenta con este post de Alan Rusbridger: “Why twitter matters”. El post de de hace unos meses, a estas alturas ha sido comentado, resumido, retuiteado y redistribuido en mil sitios. Pero no importa la respuesta, ni el resumen, sino la pregunta. Y, sobre, todo, importa que un Periodista -una, en este caso- no puede estar esperando una respuesta.

Este post, unido a las palabras de Ignacio Escolar (llamadme loca, pero me sentí interpelada), y a otra serie de asuntos (como que hemos abierto un perfil de Facebook en A  Pie de Calle y tenía que ser miembra para poder ser administradora, o que vivo con un loco del Twitter, o que era sábado y estaba en casa con dos botellas vacías de vino), han acabado conmigo totalmente enredada.

Así que en una semana, cien twits. Y mucho lío con el asunto de la subjetividad. Cito textualmente de Amphibia porque hace una reflexión muy interesante sobre la subjetividad en la era de Internet:

La «crónica» entendida como género narrativo en el que una primera persona del singular presupone que ciertas destrezas técnicas —la recolección de datos— y ciertos protocolos constructores de verosimilitud —la recolección de descripciones espaciales— regulan y certifican su pertenencia a una aristocracia de la subjetividad es, al menos, una definición que los nuevos entornos tecnológicos obligan a revisar. ¿A qué me refiero con una aristocracia de la subjetividad? A la idea —que no deja de arraigarse en las jerarquías esclerosadas del #findelperiodismo— de que solo existe una minoría legítimamente capacitada para construir esos dispositivos textuales, pero no solo por el monopolio simbólico de ciertas herramientas técnicas —que sería lo de menos— sino por una pertenencia VIP al monopolio de una primera persona del singular adecuada para establecer y presentar bajo una subjetividad única un orden específico y adecuado del mundo.

Digo lío porque me resultaba muy conveniente defender esa tesis: las personas que ejercen el Periodismo tienen una capacidades, una formación expecífica para transmitir información que se supone útil para la ciudadanía. Ni más ni menos. Pero no cuadra, en parte, por los miles de millones de subjetividades, muchas capacitadas, a las que permiten tener acceso las redes, principalmente Twitter.

Aunque habla de fotoperiodismo, es interesante también este otro punto de vista, de Vladimir Vyatkin, fotógrafo ruso y tres veces jurado del World Press Photo. Viene a decir que cualquiera tiene una cámara y sabe manejar el autofoco, pero la profesión exige más:

La documentación ciega e indiferente se ha convertido en la nueva moda del fotoperiodismo. Formalmente, hay lineamientos básicos otorgados por formas pictóricas distorsionadas. El objetivo es impactar al público, dejando de lado la naturaleza humanística de la fotografía clásica.

A juzgar por los resultados del concurso [World Press Photo], no sólo han ingresado a este infernal ambiente por voluntad propia fotógrafos experimentados con su mentalidad y actitudes definidas, sino también novatos y aventureros serios con nervios de acero, rápidas piernas y acceso a Internet, muchos de los cuales parecen no tener entrenamiento fotográfico alguno. Tras interiorizar las nociones básicas del autofoco, se apresuran por retratar el sufrimiento humano, en un intento por encontrar un hueco en la cima del periodismo internacional. Poco saben del lenguaje literario o del arte visual clásico. Así como tampoco comprenden la base humanística de la conciencia, o las nociones de imagen, símbolo, metáfora o pensamiento filosófico. Las lentes de sus cámaras son como el frío e indiferente bisturí de un cirujano inexperto que corta la carne aún cálida del dolor y sufrimiento humanos.

Ambos textos, por cierto, llegaron a mí a través de Twitter.

Pues eso: compro followers y busco amigos.

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